El placer de la lectura

Cuando voy a Madrid y me muevo en metro, lo que más me llama la atención es la gran cantidad de ciudadanos que pasan su tiempo leyendo un libro. Mi capacidad de observación y mi poca concentración a la hora de estar rodeado de gente, me impide poder participar del placer infinito de la lectura en lugares públicos.

Sin embargo, no tengo problemas a la hora de leer con la radio puesta, es algo a lo que mi mujer me ha acostumbrado, aunque sabiendo que algunas cosas se me escapan y por lo tanto de vez en cuando tengo que volver atrás para ordenar algunas ideas, que el autor indica para que mi imaginación comprenda el argumento de la obra.

Leer para mi, está equiparado a los grandes placeres de la vida, pues gracias a los libros puedo decir que soy lo que soy. Cuando la imaginación explota debido a una buena lectura, «esto me ha pasado incluso cuando la literatura no ha sido considerada por los críticos como políticamente correcta», me he siento satisfecho y a la vez envidioso, (entiéndase envidia sana) al comprobar como hay personas que tienen la virtud de escribir sabiamente historias interesantes y conmovedoras.

Toda esta reflexión viene a cuento al ver la fotografía que hice ayer a una joven por la Isla de la Cartuja. A pleno sol y por una calle poco transitada, esta joven estaba andando y leyendo. Es por eso que ese acto de lectura que muchos practicamos en la intimidad y en un habitáculo resguardado de cualquier distracción visual, me llame la atención y me haga reflexionar sobre la importancia de la lectura, aunque eso si, con las debidas precauciones, pues esta imagen en la avenida de la Constitución seria una práctica suicida.

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Paso del Quema

Hace mucho tiempo, tuve que ir al Quema para cubrir una información, no era la primera vez que iba allí, pero si fue la primera vez que vi pasar por el vado a la hermandad de Sevilla. Las circunstancias personales en las que me encontraba no eran las más idóneas para trabajar, pues a mi cuñada en ese mismo momento le estaban operando de un tumor con muy mala pinta que tenía en la cabeza. Cuando la carreta del Simpecado estaba en medio del río y los romeros comenzaron a cantar la Salve, recibo la llamada de Berta comunicándome que la operación había sido un éxito. A mi lado estaba mi compañero y amigo Serranito III por lo que me abracé a él llorando como un niño. Para sorpresa mía, (yo no le había dicho nada de lo que le estaba ocurriendo a mi familiar,) él hizo lo mismo. Yo sabía que a Serrano III se le había muerto su madre pero no tenía ni la menor idea que esa hermandad y ese momento le recordara tanto a su progenitora.

Desde ese día nos hicimos una promesa sin decírnoslo. Ir todos los años al Quema para abrazarnos como solo saben abrazarse los amigos cuando los romeros de Sevilla terminan de cantar la Salve.

Hoy vienes 22 de mayo, sin tener que cubrir ninguna información, he estado con mi camisa verde que es la que llevé hace mucho tiempo y solo me la pongo ese día, en el Quema, para ver como Triana pasaba a las 8 de la mañana, sin que ningún sentimiento extraordinario me removiera el alma y esperar, en muy buena compañía y mejor ambiente, a contemplar como a las tres de la tarde la hermandad de Sevilla llenaba el río de sentimientos devoción y recuerdos que ponen los pelos de punta.

P.D. Un amigo me ha contado hoy que cuando dio un pregón lo primero que dijo fue; « yo no soy rociero, pues no nací en el Rocio… soy peregrino». Yo ni soy rociero, ni peregrino, incluso mis convicciones religiosas están confusas, pero los sentimientos que he experimentado hoy no lo cambio por nada.

Atardecer en Sanlúcar

Un atardecer en Sanlúcar, tierra de mar y de río, donde contemplar su belleza es encontrarse con la paz. La mirada se pierde entre los múltiples colores que la naturaleza proporciona para el deleite de la imaginación. Los últimos bañistas se aferran a la arena multicolor. Un niño pequeño juega con su madre en el último charco salado de la bajamar. El barco del arroz (el que se perdió) sigue roto de dolor ante la baliza número trece y el sol se resiste a esconderse en el agua.

Un atardecer en Sanlúcar, tierra de mar y de río, es dejarse llevar por los colores ocres que cambian al son de las olas. Lo que siempre se ve, con sensaciones diferentes, hacen que el acto natural de la contemplación resulte nuevo cada día.

Si me pierdo, buscarme en un color que el ocaso del sol aviva en el cielo de Sanlúcar.

Recuerdos

¿Donde está hecha esta foto?. Desde pequeño he ido muchas veces a ese lugar, para subir a su montaña con ascendencias africanas. Una vez me preparé subiendo continuamente a su cima para ir al “Camino de Santiago”, y ser así la risa de todo aquel que escuchaba mi supuesta pericia: «¿Te acuerdas Javi?. ¡Seguro que Guillermo se está riendo!»

Su cúspide me evoca la niñez, donde tras largas y veloces zancadas muchas veces ganaba y otras pocas no. Nunca me rendí al desaliento ante un rival más en forma que yo. Allí toque por primera vez lo prohibido y deseado; jurando amor eterno sin saber ni siquiera el significado del amor ni del juramento.

Volver a los recuerdos por medio de la fotografía es tan gratificante que hasta las malas experiencias se olvidan. Como lo que me pasó cuando hice esta foto, alguien me animó, con todo el cariño del mundo, a que me presentara a un concurso; «no me gustan los concursos pues es como jugar a la lotería, el criterio muchas veces es como el de una partida de dados» y me fui a este lugar, donde disfrute de lo lindo. Sin saber porqué, presente otra fotografía que me recordó a mis hijos y que por supuesto no fue seleccionada, algo que agradezco y agradeceré, pues uno de ellos la tiene colgada en la pared de su casa para regocijo de su progenitor.

Hoy, que tengo que seguir escribiendo la vida de un amigo único y extraordinario, la pereza ha hecho que me pare a ver la fotografía que hice hace algún tiempo y que olvidada en el cajón del ordenador ha hecho que una de mis neuronas se alegre por lo nunca olvidado y pocas veces recordado.

P.D.¿Se acordará esas dos piedras de mi?

Vistas del Guadalquivir

«La vida te da sorpresas, sorpresas te la vida» La semana pasada en Málaga y más concretamente en la primera planta del museo Thyssen, conocí por medio de la pintura imágenes de Sevilla del siglo XIX que desconocía. Algunas pinturas me llenaron de melancolía, otras de curiosidad y todas de satisfacción.
 
De vuelta a Sevilla, he buscado el sitio exacto donde el pintor romántico Manuel Barrón y Carrillo pintó el cuadro: «Vistas del Guadalquivir»,  con la intención de vendérselo a un turista de la época (esa fue otra curiosidad que aprendí al visitar el museo Thyssen de Málaga). Nada más ver el cuadro identifiqué el lugar; el puente de los remedios, pero claro, ese puente es más moderno que la pintura, por eso, deduje que el artista se llevaría horas y días apostado en un descampado del río, desconocido para nuestra generación, para plasmar la imagen que enamoraría a cualquier extranjero que se fuera encantado de mi ciudad.

No soy tan pretencioso con la fotografía que he realizado en tan solo unos minutos, pero al igual que mi colega Manuel, pretendo vivir de enseñar imágenes de mi ciudad para que de vez en cuando un extranjero enamorado de Sevilla, las disfrute.   
 
P. D. Me encanta ir a Málaga a contemplar cuadros de Sevilla, pues soy de la opinión que el museo Thyssen está donde debe estar. Sevilla, tiene tantas cosas que ofrecer que difícilmente un museo como el Thyssen atraiga a más turistas, por eso me alegra que Málaga se reinvente apostando por atraer un turismo cultural.

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Rosa Rosae

Érase una joven mujer que atraída por el espíritu de la solidaridad, se fue a buscar el refugio de su alma a un pueblo de Francia donde se encontraba gente hambrienta de comprensión. El esfuerzo físico lo compensaba con la sonrisa limpia y transparente que le regalaba a todo aquel que se le acercaba
para pedirle ayuda. Sus palabras eran como la seda en una piel áspera, sus oídos eran como el silencio «maestrante» cuando las voces de los desesperados gritaban entre susurros los males que vengativamente la naturaleza les había enviado. En su frente está fundida la frase bíblica: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. A esa joven mujer, que será para mí siempre una leyenda, le dedico una flor que la identifica con su nombre.

P.D. Ayer, en el Parque de María Luisa, me llamó la atención esta flor, cuando esta mañana estaba portando la fotografía al ordenador, un mensaje de la joven mujer sonó en el único grupo de Whatsapp que tengo: “Buenos días!!! Ya de vuelta!!! Os he echado de menos a todos!!! Manel, muchas felicidades !!!.