El camino portugués contando por un peregrino. Pontevedra- Caldas de Reis

¿Cómo se mide el tiempo cuando los segundos son horas? Un desayuno a ritmo de reguetón en una mañana nublada lo llevaría entre campos de vid y de maíz a un balneario situado en el pueblo de Caldas de Reis. El peregrino tenía puestas todas sus expectativas en llegar al balneario. Era tal, que el grupo que lo acompañaba paró a tomar un desayuno y él siguió adelante. Lo que ocurrió es que cuando llevaba media hora andando y vio un bar que tenía mesas en medio de una pequeña pradera, no se pudo resistir y se paró a tomarse el preceptivo bocadillo de lomo adobado y aprovechar el tiempo de soledad para coger notas.

En la libreta anotó como un camión del ejercito estaba parado al lado del camino y dentro de él se encontraba una mujer que era atendida por una soldado que le estaba curando el pie. Lo primero que se le vino a la cabeza y así lo escribió en mayúsculas, era: “¡Viva el ejercito español!”Escribió sobre la familia compuesta por dos matrimonios y siete niños que estaban haciendo el camino y resultó que eran de Sevilla. Cuando estaba cerrando la libreta, entraron al recinto dos parejas con una rapidez poco usual para coger la única mesa que quedaba libre, una de las mujeres les iba diciendo a los otros: “¿Otra parada?”, a lo que uno de ellos con una gracia natural y un acento indefinido contestó: “Esa es mi promesa, pararme en todos los bares que estén abiertos y tomarme una cerveza”. “Curiosa y apetecible promesa” pensó el peregrino para seguidamente coger su bloc de notas y apuntar la anécdota vivida.

Una vez que vio a sus compañeros que pasaban por allí, se unió al grupo, para explicarles las tres experiencias que había vivido durante la media hora de caminar consigo mismo. Además les contó como pasando por un campo de maíz donde el cielo se fundía con el verdor de las hojas, una música que no supo de donde salía, perturbó a todo volumen la imagen idílica del caminar. “¡Es verdad!”, exclamó la doctora con una sonrisa y una mirada al pasado reciente.

Los últimos kilómetros de la etapa los hizo con su nuevo amigo hablando de temas intranscendentes. Justo a la entrada del pueblo, vieron un bar que tenía una barbacoa encendida con unas chuletas que desprendían un aroma que invitaba a sentarse a su lado. El peregrino y el director comercial se miraron y decidieron quedarse allí a esperar a sus compañeras que iban más retrasadas de lo habitual. El primer sorbo de cerveza les supo a gloria y el segundo a música celestial, pues el sol ya había estado haciendo estragos en sus cabezas. Llegaron antes los sevillanos que la doctora y la economista, por eso, cuando vieron que ellas tenían su cerveza nada más poner un pie en el bar, uno de los sevillanos dijo: “¡Qué bien os tratan vuestras parejas!”, a lo que el peregrino respondió: “Si, las tratábamos muy bien, pero no somos parejas”. En ese momento se derrumbaron las teorías que los Sevillanos habían estado construyendo sobre el peregrino y sus acompañantes. Durante la comida que compartieron como buenos peregrinos y paisanos, se pusieron al día de todas las especulaciones que se habían planteado cuando se observaban y no se preguntaban.

La llegada al balneario fue otra gran decepción, nada que ver con el pensamiento idílico que tenía construido en su mente. Todo muy antiguo: “Esto es Cuéntame”, dijo en voz alta el peregrino. Para colmo, ningún servicio que ofrecía el recinto estaba disponible en ese día. “Bueno”, le dijo el peregrino al recepcionista del hotel, “si alguien cancela unos baños, avisarnos para cogerlos”. Desilusionado se fue a la habitación, para encontrarse otra desagradable sorpresa, las dos camas estaban juntas, sin decir nada y ante el asombro de su compañero de ronquidos, separó las camas y puso una mesita que estaba en un lateral justo en medio, para seguidamente ir a la habitación de sus compañeras y hacer lo mismo. Cuando la decepción lo estaba llevando al sueño y su compañero le dijo que se iba a tomar una copa, sonó la puerta, al abrir estaba el señor de la recepción comunicando que a las 18.30 se había quedado un hueco en la piscina. “¡Bien!”, exclamó el peregrino.

Los cuatros entre risas y ciertas expectativas creadas, bajaron con su albornoz al lugar donde les habían indicado. Otra vez la decepción le ganó la batalla a la realidad. La terapia consistía en meterse durante media hora en una piscina de mediados del siglo pasado en un agua muy, pero que muy caliente. La única que disfrutó fue la doctora, que claro, como era médico, rápidamente descubrió las virtudes de la terapia y se relajó. Los demás también se relajaron, pero fue un infierno difícil de repetir. Cuando salieron, el director comercial se quedó tan k.o. que se fue a la habitación a dormir, su hermana la doctora le siguió y la economista y el peregrino en un afán de llevar la contraria, decidieron ir a pasear por el pueblo. Cuando vieron el otro balneario que también se encontraba en el pueblo, al peregrino se le cayó el alma al suelo, pues lo que estaba viendo era igual a lo que se había imaginado y sólo repetía continuamente: “¡Qué mala suerte!, ¡qué mala suerte!, ¡qué mala suerte!.”

La paz fotográfica la encontró al atardecer en un río precioso que atravesaba el pueblo y estaba justo al lado de donde cenaron. Lo mejor de la jornada fue el final de la misma, cuando el peregrino decidió que no se iba a dormir y que se fumaría un puro, pero no como las otras noches en la terraza de la habitación de hotel escuchando al unísono a Julio Iglesias y a su amiga la economista, sino en el ‘lavadero’. Al lado del hotel había un ‘lavadero’ donde habían visto a su llegada a muchos peregrinos con los pies metidos en sus aguas, entre ellos al corredor sevillano que les pasaba todas la mañana a eso de las 10.30, con un físico que sorprendía, pues ni era fibroso ni tampoco estaba muy delgado. Por la noche, regresando al hotel, el peregrino observó como solo había una pareja en el ‘lavadero’, por lo que dijo que allí se fumaría el puro. La doctora y la economista le dijeron que lo acompañaban y el director comercial tenía claro que lo que quería era irse a dormir.

Al meter los pies en el agua, se dieron cuenta que estaba igual de caliente que la de la piscina del balneario, pero fue distinto; la noche, el silencio y el extraño lugar, hizo que el tiempo se parara. La conversación se convertiría en confesiones que se las fue llevando el humo del excelente puro que el peregrino esa noche se fumó.

Familia sevillana
El ejército curando los pies de una peregrina
Caminos
Seguir la flecha
Verde
Espantapájaros: ‘Estrella
de Galicia’
Uvas
Calas de Reis
Balneario
Paz
Fin de etapa

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