El Camino Portugués contado por un peregrino. Padrón-Santiago

¿El fin del camino puede ser el principio de algo? La última etapa era la segunda más larga y según el director comercial, que era poco dado a la falta de planificación, la que mas cuestas tenía. La primera intención del peregrino era levantarse muy temprano para poder llegar a la misa de las doce en la Catedral de Santiago. No fue creído por el grupo en el que se encontraba el peregrino. A las siete de la mañana ya estaban todos a oscuras, pues todavía no había amanecido, en la puerta del hotel para comenzar su última etapa. Decidieron desayunar por el camino, a sabiendas que por la experiencia de las demás etapas, no había muchos bares a los que acudir.

A los pocos kilómetros se encontraron casi por sorpresa con el cementerio de Iria Flavia, fue una sensación rara, pues era de noche. Al peregrino se le vino al pensamiento la rima de Bécquer: ‘¡Dios mío, qué solos/ se quedan los muertos!” El peregrino saludó al Marqués de Iria Flavia, del escritor Camilo José Cela, pues recordó el momento vivido gracias a su libro de la Colmena, cuando el peregrino era aún un observador de la mucha vida que le quedaba por vivir y culminó una primeriza y grandiosa experiencia sexual, gracias a que invitó a una diosa de los libros y escultural musa de la juventud, a ver la película “La Colmena”. Por la noche, ya solo en la Plaza del Obradoiro, justo enfrente de la fachada principal de la Catedral y sentado en una piedra y apoyado en otra, el peregrino fumándose un puro, se puso a ver mentalmente la película del camino, cuando le pasó la escena de la tumba del Premio Nobel, vio como Cela le guiñó un ojo.

El desayuno fue fabuloso, gracias a haber rechazado otro bar más cercano, pues la camarera con prepotencia y sin prácticamente mirar a la cara dijo que tardaría mucho en atender, pues estaba sola. Cómo la paciencia no era el fuerte del peregrino y más si se le unía la mala educación, el peregrino sin esperar el quórum necesario se levantó y dijo: “nos vamos, seguro que encontramos otro”. La doctora, que es la educación en persona, intentó decir algo, pero no se atrevió y los demás secundaron sin rechistar al peregrino. ¡La gloria del desayuno se hallaba a tan solo unos metros!. ¡Qué pan más rico! ¡Qué café tan maravilloso! ¡Qué croissant tan normal! ¡Qué baños tan limpios!. Durante la parada, recordaron la suerte qué habían tenido en todo el camino, entonces la doctora con un suspiro que solo saben dar las mujeres y el champán cuando se abre lentamente, dijo: “¡Qué pena, ya se acaba, hoy es el último día!”

La etapa se hizo larga y a la vez corta, dio tiempo a ver a todos los peregrinos que se habían encontrado días atrás, especial alegría le causó al peregrino ver a una mujer que se había fastidiado la rodilla el primer día y que con un optimismo y una fuerza bruta fuera de toda lógica, seguía subiendo las cuestas arrastrando la pierna izquierda. El peregrino también vio al cura atlético que iba cargando una silla ortopédica, pues en el grupo de niños que llevaba, uno tenía problemas de movilidad. “Esto es fe, este hombre hace afición”, pensó el peregrino. Hablando con su grupo de una amiga y dos antiguos desconocidos, comentó la frase que pensó al ver al sacerdote y como perdió la fe, aunque no las buenas intenciones, leyendo el libro de Unamuno, ‘San Manuel Bueno, mártir’. De repente observó como su nuevo amigo el director comercial cogió el móvil y se puso a enredar en él, de pronto dijo: “¡Ya he comprado el libro por Ámazón, mañana me llega y lo empezaré a leer!”

El habitual bocadillo de lomo se lo comió a medias con la economista que a base de insistencia lo probó el último día. Se sentaron en una mesa donde ponía que a las doce estaba reservado para un grupo de ‘kayak’. La joven camarera dijo que era una ruta que emulaba la que hizo la barca que trajo al santo y el peregrino emulando al famoso matador de toros dijo: “¡ Hay gente pa ‘to’!.

A los pocos kilómetros de llegar a Santiago, en lo alto de un monte, el peregrino se emoción cuando divisó a lo lejos las torres de la catedral. Lleno de emoción se lo comentó al grupo y el director comercial dijo: “no las mires que trae mala suerte”: “¿Cómo?”, dijo el peregrino. “Tu dijiste cuando veníamos en el tren y pasábamos por Santiago que no se nos ocurriera ver las torres de la catedral, qué eso traía mala suerte”. “Claro” dijo el peregrino sabiendo que fue una ocurrencia y casi certificando que su nuevo amigo le estaba gastando una broma, “fijaros la suerte qué hemos tenido en este camino por haberme echado cuenta”. La realidad es que la frase se la inventó el peregrino cuando el día antes de comenzar el camino y de viaje en tren camino de Vigo, en un breve instante vio a lo lejos las tres torres majestuosas de la catedral y pensó: “Soy un privilegiado”, pero como el pensamiento interior y el habla exterior no se llevan bien, le dijo al grupo todo lo contrario.

La llegada a Santiago no fue la esperada, pues acostumbrado al Camino Frances, en este portugués que estaban haciendo, las indicaciones brillaban por su ausencia. La obsesión del peregrino era que todos juntos escucharan la gaita por el pasaje que lleva a la Plaza del Obradoiro. Por ello, los últimos kilómetros los hizo pendiente de que nadie se adelantara ni se atrasara. Cuando entraron en el casco histórico de la ciudad, el peregrino se dio cuenta que iban directamente a la calle Franco y por lo tanto la entrada la harían al revés. Sin dejar qué nadie tomara ninguna decisión salió por una calle que lo llevaría a la plaza de la puerta santa y desde allí rodeando la catedral, llegaría al pasaje donde siempre estaba el gaitero y justo a la izquierda la grandiosa Plaza del Obradoido. En un momento determinado, vio cuando soló quedaba pocos metros para llegar, como el director comercial, tiró por otra calle: “ Pero, ¡dónde vas!”, le gritó el peregrino: “a comprar lotería”. La contención verbal y física que tuvo que hacer el peregrino para no armar allí un espectáculo fue descomunal, gracias a Dios le dijo: “Anda ‘palante’ y la compras después”.

¡Claro que se abrazaron fundiendo sus cuerpos y sus almas en una! ¡Claro, que sintieron la hermandad que durante varios días habían estado construyendo! ¡Claro que durante un buen rato se tiraron al suelo y con la cabeza puesta en la mochila, contemplaron en el silencio de la bulla, la meta final!, ¡Claro que se fotografiaron en grupo e individualmente! ¡Claro que cada uno se acordó de las personas que más querían ! ¡Claro que entraron por la puerta santa! ¡Claro que se fueron a intentar comer una mariscada! ¡Claro que saludaron a todos los peregrinos que se habían encontrado por el camino¡ ¡Claro que compraron lotería! ¡Claro que intentaron asistir a la misa! ¡Claro que el peregrino fotografió la paz en la Plaza del Obradoiro! ¡Claro que tanto los hermanos Arturo e Inma, como los amigos Eduardo y Marta sintieron que habían vivido una experiencia única e irrepetible como peregrinos!

Cementerio de Iria Flabia
Camino en portugués
Espectador canino
Pies del peregrino
Fin de la tapa
Tocando el cielo
Misa del peregrino
Lo importante es llegar
Placer
Paz

El camino Portugués contado por un peregrino. Caldas de Reis- Padrón.

¿Si la fe mueve montañas, cómo se puede ver? El desayuno lo tenían reservado en el hotel, allí, tras el primer sorbo a un café que era un espectáculo, pero de terror, decidieron desayunar en el primer bar a las afueras del pueblo. El camino seguía siendo maravilloso, árboles frondosos, magnolios, castaños, hortensias de todos los colores, rosas, campos de maíz, viñedos y un sonido acompasado de cantos de gallinas.

Al peregrino le conmovió en la etapa anterior, una niña de unos ocho años que cogida del brazo de su padre lo escuchaba atentamente mientras la madre, más adelante, volvía la cabeza de vez en cuando para que con una sonrisa se evidenciara lo orgullosa y feliz que estaba haciendo el camino en familia. El peregrino, que es difícil que no hable con alguien que haga gestos tiernos, les dio la enhorabuena y les dijo que le daba alegría y envidia por lo que estaban viviendo. La madre y el padre orgullosos contestaron sonriendo: “bueno, a veces, no es tan idílico”. En esta etapa, caminando y hablando de lo divino y lo humano con su amiga la economista, por un pueblecito donde había un parque infantil de los años 70 del siglo pasado, se encontraron al matrimonio con la niña. La situación era distinta, los padres iban de la mano, con la misma sonrisa de siempre, como si la tuvieran esculpida y la hija varios pasos más atrás con un semblante serio. “¿Qué te pasa guapa?”, le preguntó el peregrino a la niña, que fue bajando lentamente la cabeza hasta que esos maravillosos ojos azules fueran ocultándose. Entonces, la madre dijo: “Está rebotada, siempre por la mañana está así, no le gusta levantarse temprano”, “pero, no hay problema”, dijo el padre, “en un rato se le pasa”. Cuando llegaron a Santiago, estando comiendo en la calle Franco, la peregrina economista, que había presenciado la segunda escena, le dijo que acaba de pasar la pareja con la niña, El peregrino de un salto salió corriendo a su encuentro, los paró para decirles la alegría que le daba verlos. La niña lo miró con esos preciosos ojos azules y le regaló la mejor sonrisa del camino, a la cual el peregrino respondió: “prométeme que cuando seas mayor traerás a tus padres a hacer el Camino de Santiago” y claro, la niña con una inclinación verdadera de cuello se lo prometió.

Ese día de camino el peregrino no se encontró a nadie más con quien hablar, por lo que conversó largo tiempo consigo mismo, siendo algunas veces el soliloquio entretenido y otras no.

La llegada a Padrón << si, donde los pimientos, unos pican y otros no>> fue horrorosa, el peregrino se puso a caminar a pasos rápidos pues quería meditar. Su nuevo amigo el director comercial, no entendió el momento de soledad que buscaba el peregrino y por eso seguía a su lado dando grandes zancadas y comentando cosas que sólo el viento escuchaba.

Al ver que el grupo de mujeres se había atrasado bastante, decidieron esperarlas en un bar para tomarse el correspondiente bocadillo de lomo y una cerveza, pues el primer trago entraba como los ángeles; divinamente. Al cabo de diez minutos llegaron la doctora y la economista, cansadas y deseosas de tomar una cerveza. Una cerveza llevó a dos y dos a tres. Craso error. Todavía quedaban cinco kilómetros y el sol estaba pegando fuerte, con el inconveniente añadido que andarían por asfalto.

Fueron los cinco kilómetros más duros de todo el camino. Cansados y sin ganas de nada llegaron a Padrón sin ver Padrón, pues se quedaron a las afueras, justo al lado de la estación donde ni se intuía el pueblo. El peregrino decidió no comer, quería descansar, sus compañeros lo contrario. Al cabo de media hora, el peregrino decidió llegar al lugar donde sus compañeros estaban comiendo y probar el menú que en un bar próximo servían. No quedaba ya prácticamente nada de comer y al preguntarle a la camarera qué le podía ofrecer, esta, le respondió con un acento gallego cerrado y señalando el lateral de su abundante cuerpo. El peregrino supuso que eran costillas. Cuando le llevaron unos riquísimos filetes de lomo, al peregrino se le quitó el cansancio y le llegó la alegría en forma de guasa, imitando el gesto y el hablar de la camarera. La doctora, que le hacían mucha gracia las historias que contaba el peregrino, soltaba carcajadas, aunque se intentaba contener, pues justo detrás del imitador estaba la imitada. A partir de ese momento, la doctora le pedía al peregrino que imitara a la camarera para morirse de risa.

El peregrino, después de una gran siesta, decidió dar una vuelta por el pueblo y se encontró en lo más alto de Padrón con una Iglesia bastante bonita. Solo por contemplar las vistas, mereció la pena los muchos escalones que subió. Lo qué más le llamó la atención dentro de la Iglesia, fue ver a un crucificado con unos kilos de más, algo que después, cuando lo comentó en la cena con su hermandad, se dio cuenta que también había sido observado y comentado por la doctora. “Lo que está claro” dijo el pergrino, “es que el Cristo no ha hecho el camino”, para después de la risa contarle a un asombrado director comercial como no era posible que Cristo estuviera gordo pues antes de la pasión se había llevado cuarenta día en ayuno por el desierto de Judea. El peregrino, era un conocedor escéptico de los temas religiosos, cosa que hizo que la poca fe que profesaba el grupo se fuera alentando.

La grata sorpresa del día llegó cuando al cabo de un rato de reflexión al lado de un puente, el peregrino vio a su grupo hablando a la vez con otro grupo. La economista, cuando vio al peregrino le indicó con aspavientos emocionados que se acercara. Al llegar a la reunión, le dijeron que una señora voluntaria se ofrecía a explicar el origen de la llegada del Apóstol Santiago a estas tierras, a cambio, tenían que subir unas escaleras de más de doscientos escalones, a lo que sin ningún tipo de pereza el grupo accedió. La señora de una edad bastante cercana a la vejez, contaba la historia y la leyenda, como si se lo estuviera explicando a niños de diez años. Lo que la guía religiosa no se esperaba era que el peregrino fuera un gran inquisidor y las últimas escaleras la subió con él. La pobre señora cuando enseñó el final de la montaña donde habían subido, contó otra leyenda y rápidamente se despidió y se marchó huyendo de las intensas preguntas del peregrino.

En lo alto de la montaña, el peregrino fotografío la paz esperando en vano que la montaña se moviera.

Caldas de Reis
Peregrina
El camino
Restos del camino
Vistas estropeadas
Recibimiento en verde y blanco
Sombras del camino
Telaraña en la Iglesia
Amor en la explanada
Guía voluntaria
Paz en la montaña
Contemplación nocturna

El camino portugués contando por un peregrino. Pontevedra- Caldas de Reis

¿Cómo se mide el tiempo cuando los segundos son horas? Un desayuno a ritmo de reguetón en una mañana nublada lo llevaría entre campos de vid y de maíz a un balneario situado en el pueblo de Caldas de Reis. El peregrino tenía puestas todas sus expectativas en llegar al balneario. Era tal, que el grupo que lo acompañaba paró a tomar un desayuno y él siguió adelante. Lo que ocurrió es que cuando llevaba media hora andando y vio un bar que tenía mesas en medio de una pequeña pradera, no se pudo resistir y se paró a tomarse el preceptivo bocadillo de lomo adobado y aprovechar el tiempo de soledad para coger notas.

En la libreta anotó como un camión del ejercito estaba parado al lado del camino y dentro de él se encontraba una mujer que era atendida por una soldado que le estaba curando el pie. Lo primero que se le vino a la cabeza y así lo escribió en mayúsculas, era: “¡Viva el ejercito español!”Escribió sobre la familia compuesta por dos matrimonios y siete niños que estaban haciendo el camino y resultó que eran de Sevilla. Cuando estaba cerrando la libreta, entraron al recinto dos parejas con una rapidez poco usual para coger la única mesa que quedaba libre, una de las mujeres les iba diciendo a los otros: “¿Otra parada?”, a lo que uno de ellos con una gracia natural y un acento indefinido contestó: “Esa es mi promesa, pararme en todos los bares que estén abiertos y tomarme una cerveza”. “Curiosa y apetecible promesa” pensó el peregrino para seguidamente coger su bloc de notas y apuntar la anécdota vivida.

Una vez que vio a sus compañeros que pasaban por allí, se unió al grupo, para explicarles las tres experiencias que había vivido durante la media hora de caminar consigo mismo. Además les contó como pasando por un campo de maíz donde el cielo se fundía con el verdor de las hojas, una música que no supo de donde salía, perturbó a todo volumen la imagen idílica del caminar. “¡Es verdad!”, exclamó la doctora con una sonrisa y una mirada al pasado reciente.

Los últimos kilómetros de la etapa los hizo con su nuevo amigo hablando de temas intranscendentes. Justo a la entrada del pueblo, vieron un bar que tenía una barbacoa encendida con unas chuletas que desprendían un aroma que invitaba a sentarse a su lado. El peregrino y el director comercial se miraron y decidieron quedarse allí a esperar a sus compañeras que iban más retrasadas de lo habitual. El primer sorbo de cerveza les supo a gloria y el segundo a música celestial, pues el sol ya había estado haciendo estragos en sus cabezas. Llegaron antes los sevillanos que la doctora y la economista, por eso, cuando vieron que ellas tenían su cerveza nada más poner un pie en el bar, uno de los sevillanos dijo: “¡Qué bien os tratan vuestras parejas!”, a lo que el peregrino respondió: “Si, las tratábamos muy bien, pero no somos parejas”. En ese momento se derrumbaron las teorías que los Sevillanos habían estado construyendo sobre el peregrino y sus acompañantes. Durante la comida que compartieron como buenos peregrinos y paisanos, se pusieron al día de todas las especulaciones que se habían planteado cuando se observaban y no se preguntaban.

La llegada al balneario fue otra gran decepción, nada que ver con el pensamiento idílico que tenía construido en su mente. Todo muy antiguo: “Esto es Cuéntame”, dijo en voz alta el peregrino. Para colmo, ningún servicio que ofrecía el recinto estaba disponible en ese día. “Bueno”, le dijo el peregrino al recepcionista del hotel, “si alguien cancela unos baños, avisarnos para cogerlos”. Desilusionado se fue a la habitación, para encontrarse otra desagradable sorpresa, las dos camas estaban juntas, sin decir nada y ante el asombro de su compañero de ronquidos, separó las camas y puso una mesita que estaba en un lateral justo en medio, para seguidamente ir a la habitación de sus compañeras y hacer lo mismo. Cuando la decepción lo estaba llevando al sueño y su compañero le dijo que se iba a tomar una copa, sonó la puerta, al abrir estaba el señor de la recepción comunicando que a las 18.30 se había quedado un hueco en la piscina. “¡Bien!”, exclamó el peregrino.

Los cuatros entre risas y ciertas expectativas creadas, bajaron con su albornoz al lugar donde les habían indicado. Otra vez la decepción le ganó la batalla a la realidad. La terapia consistía en meterse durante media hora en una piscina de mediados del siglo pasado en un agua muy, pero que muy caliente. La única que disfrutó fue la doctora, que claro, como era médico, rápidamente descubrió las virtudes de la terapia y se relajó. Los demás también se relajaron, pero fue un infierno difícil de repetir. Cuando salieron, el director comercial se quedó tan k.o. que se fue a la habitación a dormir, su hermana la doctora le siguió y la economista y el peregrino en un afán de llevar la contraria, decidieron ir a pasear por el pueblo. Cuando vieron el otro balneario que también se encontraba en el pueblo, al peregrino se le cayó el alma al suelo, pues lo que estaba viendo era igual a lo que se había imaginado y sólo repetía continuamente: “¡Qué mala suerte!, ¡qué mala suerte!, ¡qué mala suerte!.”

La paz fotográfica la encontró al atardecer en un río precioso que atravesaba el pueblo y estaba justo al lado de donde cenaron. Lo mejor de la jornada fue el final de la misma, cuando el peregrino decidió que no se iba a dormir y que se fumaría un puro, pero no como las otras noches en la terraza de la habitación de hotel escuchando al unísono a Julio Iglesias y a su amiga la economista, sino en el ‘lavadero’. Al lado del hotel había un ‘lavadero’ donde habían visto a su llegada a muchos peregrinos con los pies metidos en sus aguas, entre ellos al corredor sevillano que les pasaba todas la mañana a eso de las 10.30, con un físico que sorprendía, pues ni era fibroso ni tampoco estaba muy delgado. Por la noche, regresando al hotel, el peregrino observó como solo había una pareja en el ‘lavadero’, por lo que dijo que allí se fumaría el puro. La doctora y la economista le dijeron que lo acompañaban y el director comercial tenía claro que lo que quería era irse a dormir.

Al meter los pies en el agua, se dieron cuenta que estaba igual de caliente que la de la piscina del balneario, pero fue distinto; la noche, el silencio y el extraño lugar, hizo que el tiempo se parara. La conversación se convertiría en confesiones que se las fue llevando el humo del excelente puro que el peregrino esa noche se fumó.

Familia sevillana
El ejército curando los pies de una peregrina
Caminos
Seguir la flecha
Verde
Espantapájaros: ‘Estrella
de Galicia’
Uvas
Calas de Reis
Balneario
Paz
Fin de etapa

El camino portugues contado por un peregrino. Redondela-Pontevedra

¿En qué circunstancias confiesas a alguien los oscuros pasados sin apenas conocerlo? El saber que la segunda etapa del camino era más corta, hizo que el grupo decidiera no madrugar. La primera imagen que se llevó el peregrino nada más salir del hotel fue ver a un hombre mayor con muy buen aspecto, llevando una pequeña mochila al hombro y sobre su cabeza un sombrero de ojo de perdiz. Hablaba con tres hombres jóvenes, con aspecto de peregrinos habituales, que todo indicaba que eran sus hijos. De repente, el elegante peregrino, se paró, se toco los bolsillos y siempre sonriendo, le dijo a su grupo: “¡Se me ha olvidado!”, por lo que todos sin rechistar y con una sonrisa cómplice, se volvieron por las calles ya andadas. “Cuando los vea en el final de la etapa, les preguntaré”, se dijo para sí el peregrino, pero eso no sucedió, pues ya nunca más coincidieron con ese hombre entusiasmado con un sombrero de ojo de perdiz que tan felizmente estaba haciendo el camino muy bien acompañado. Lo que el peregrino deseó en ese momento es que cuando fuera mucho más mayor, sus tres hijos lo llevaran a hacer el Camino de Santiago.

El peregrino tenía muchas expectativas puestas en esa etapa, pues según le habían contado, tendría vistas fabulosas de la Ría y además pasaría por un pueblo que lo tiene grabado a fuego en su memoria gastronómica, pues allí , siendo viajero, comió en un bar de pescadores el arroz con bogavante más impresionante de su vida, además de unas fabulosas ostras.

En esta ocasión, la imaginación no coincidió con la realidad, aunque la realidad cubrió todas las expectativas, pues vio la Ría a los lejos pero no pasó por ella, conoció la paz que trasmitía Arcades, aunque no saboreó sus ricas ostras, ni siquiera se paró allí a cumplir con una tradición que desde el primer camino que hizo se convirtió en leyenda; comerse un bocadillo de lomo adobado. Ese fue uno de los errores de la etapa, pues la suerte no quiso concederle dicho privilegio en un bar que se encontraba junto a un puente romano, con unas vistas que invitaban a la reflexión y a la tranquilidad. El peregrino pensó que habría otro bar mucho mejor a poca distancia y en eso erró, la suerte es arbitraria a veces.

Salió de Arcades y entre bosques de pequeñas subidas y bajadas donde el tiempo se detiene, anduvo casi en todo momento charlando e intercambiando experiencias personales con su nuevo amigo el director comercial. Hasta los 10 km no encontró ningún lugar donde reponer fuerzas, por fin, vio una señal que indicaba que había un supermercado-bar. No eran las expectativas creadas, pues se lo encontró lleno de caminantes hambrientos que devoraban bocadillos anodinos. El peregrino y el director comercial, se pararon y llamaron a sus compañeras que se habían retrasado para indicarles la dirección donde las esperarían. En la mesa contigua estaban dos parejas jóvenes que ya no las dejaron de ver hasta Santiago. El mote que el peregrino le puso a una de ellas era “ la comecabeza”, pues era una especie de cotorra que con una voz aguda no paraba de hablar de cosas absurdas.

Durante los últimos kilómetros de la etapa, el grupo no se separó y a través de una especie de bosque encantado llegaron a su destino; Pontevedra, donde a la hora de comer vivieron una de sus peores experiencias.

Decidieron comer debajo del hotel, no era el lugar ideal, pues era feo y además un camarero gallego que parecía kosovar no cumplía con los principios básicos del oficio, o sea; ser eficaz en las recomendaciones, ágil en el pedido y amable en las respuestas. Lo sorprendente de todo fue que la cerveza la trajo fría, (algo difícil de encontrar por esos lares) y el pescado del menú estaba riquísimo. La nota discordante la pusieron las dos mesas de al lado que estaban compuestas por tres parejas de matrimonios cuya mala educación se intuía nada más verlos. Durante los postres una de las señoras puso a todo volumen música de pasodoble, mientras sus maridos pegando voces hablaban de temas ruborizantes. ¡Un horror que hacía que la tensión del peregrino y sus acompañantes subiera a pasos agigantados!. El colofón a la mala educación llegó cuando el camarero les dijo que quitaran “el chimpún” y como bestias salidas de un encierro comenzaron a escupir improperios contra el asombrado camarero. El peregrino que es impulsivo y no soporta la mala educación, tenía dos opciones, meterse en la pelea e igualarse en insultos con esos impresentables o marcharse con el grupo. Gracias a Dios, tomó la segunda opción y ello fue al ver la cara de su nueva amiga la doctora, que con mucha tensión en el rostro pero con ojos calmados, le transmitió que lo mejor era irse.

A ese grupo los llamó “los impresentables”. El peregrino los vio todos los días, pero con la satisfacción de mirarlos a los ojos cuando se cruzaban y no darles ni los buenos días, ni las buenas tardes, ni las buenas noches, cosa difícil de hacer en un lugar donde el espíritu de la de paz se siente y disfruta.

El peregrino asistió a su primera y última misa en Pontevedra. Cómo estaba siendo habitual, se quedo sólo en la habitación a descansar. Sobre las siete de la tarde, salió a dar un paseo para encontrarse en medio de un precioso casco histórico, la iglesia del Peregrino, con una fachada sorprendente pues su autor se inspiró en una concha peregrina. Como la misa era a las 19:30, decidió quedarse. De buenas a primeras la iglesia pequeña y ovalada con una impresionante lámpara de cristal en el centro de la cúpula, se fue llenando de pocos fieles lugareños y muchos peregrinos, entre ellos un grupo de chavales que ya los había visto en distintos lugares de la etapa. Como la curiosidad del peregrino es inagotable, le preguntó al chaval del banco de al lado que si eran de un colegio, el joven le dijo que no, que eran de Córdoba y estaban acompañando al cura y al monaguillo que se encontraban en el altar en esos momentos ayudando en la misa. Entonces el peregrino se fijó en que el monaguillo llevaba una chanclas y eso le hizo gracia, pero no tanta como cuando en la eucaristía los chavales entre la solemnidad del acto se miraban y sonreían cada vez que una mujer de unos 45 años, apretada en un vestido a punto de explotar, se inclinaba ante el santísimo luciendo sus opulentas pantorrillas.

La paz fotografiada la encontró a las márgenes del río, después de haber comprado un décimo de lotería, de haberlo perdido y haberlo encontrado.

El camino por Arcades
Un puente en Arcades
La paz en Arcades
Hórreo
Gaiteiro
La paz del bosque
Iglesia del Peregrino
Monaguillo en chanclas
La paz en Pontevedra
El descanso del peregrino

El camino portugués contado por un peregrino. Tui-Redondela

¿Cómo puede convertirse la mente de un adulto en la de un niño?. El peregrino apenas pudo pegar ojo la noche antes del primer día de camino. Durmió con un extraño que en un futuro seria un ser entrañable. La hora de salida era las 7, pues la planificación de una economista así lo estableció. La razón le ganó la batalla a la lógica y comenzaron a andar a las 7:45, no sin antes experimentar la sensación de contemplar, con algo de miedo, como un murciélago sobrevolaba las cabezas de todos los que allí se encontraban, en la única cafetería que vieron abierta antes de la partida.

¿Una señal o una casualidad?. Este verano al peregrino lo habían asustado diciéndole que en la casa donde dormía había murciélagos. “¿Será que los recuerdos que he dejado atrás me acompañarán a lo largo del camino?”, se preguntó. El peregrino no creía formalmente en la superstición pero analizaba las casualidades como si fueran señales del más allá y efectivamente los recuerdos de las personas que quería estuvieron presentes durante todo el trayecto y sobre todo cuando experimentaba sensaciones de placidez, que por cierto, eran muy habituales.

De nuevo ante la catedral, sin encontrar detalles que le atrasaran su viaje que iría más allá de los sentidos, sincronizó los pasos con su amiga la entusiasta economista, su futura nueva amiga que exhalaba tranquilidad, la doctora y su compañero de duermevelas y entrañable nuevo amigo, el director comercial que tenía un cuerpo de hombre y un alma de niño.

Cada paso por las calles de Tui era cómo una despedida que dispensaba las piedras de la calzada. Las calzadas que dejaban les decían adiós y las que se encontraban les daban la bienvenida. La sonrisa ilusionada era lo que dibujaba las caras de los cuatro peregrinos que se dispersaron en sus pensamientos y su caminar. La sensación de soledad acompañada, se destapaba al ver a personas con la misma intención que el peregrino. Algunos caminaban en grupos grandes, que se iban dispersando a lo largo de los kilómetros para reagruparse al final de la etapa y otros en pareja donde el principio y el final era acompasado. Al peregrino le sorprendieron varias cosas en la primera etapa. Vio a una pareja en la que un hombre llevaba una mochila con un bebe. El pequeño, de año y medio, iba señalando todo y el padre con una carga considerable y una paciencia infinita, le explicaba como había pájaros y animales a su alrededor. La madre, también con una mochila, sonreía y de vez en cuando participaba en la conversación. El peregrino, les dio los buenos días y le dijo a la pareja: “¡Qué mérito!”. A lo que le respondieron al unísono con una sonrisa, deseándoles buen camino y diciéndole que el niño también caminaría. Lo curioso es que el peregrino no volvió a ver a la pareja, por lo tanto, la tendrá idealizada para siempre en el tiempo.

Al ver una pareja con un perro pequeño, el peregrino, les preguntó que si el animal también había decido hacer el camino, a lo que la mujer joven contestó con una sonrisa: “¡Por supuesto, ellos y el perro (bueno no dijo perro, le llamó por su nombre, pero al peregrino no se le quedan a la primera los nombres de las personas y de los animales menos) iban a todos lados juntos!”. “¿Y dormís con el animal?”, preguntó curiosamente el peregrino. “Pues si, vamos a albergues donde admiten animales, eso sí, pagando un poco más”. Deseándoles buen camino, les adelantó con paso firme, cuando de pronto una pregunta de su nueva amiga la doctora, le escrutó con esa firmeza de la curiosidad y a la vez esa ternura de la timidez encubierta: “Pero, ¿Tu le preguntas a todo el mundo?”, a lo que el peregrino sin ningún tipo de reparo contestó que si, pues era un gran alcahuete. Entre caminatas acompañado de su amiga la economista, las pocas conversaciones con su nuevo compañero director comercial y casi la paupérrima caminata con su nueva amiga la doctora, transcurría el camino, donde los últimos kilómetros se hacían insoportables por el calor, el asfalto y los pocos paisajes idílicos que lo acompañaron durante el tramo final de la etapa. Pero como la suerte del peregrino siempre está cuando más la necesita, ese estado de agobio se convirtió en estado de gracia cuando ya cansado y sediento vio la señal de un bar, esperó a las dos compañeras para proponerles tomar algo, entonces, a través de una ventana, un señor que estaba observando les dijo muy serio que siguieran adelante pues había muy cerca otro bar mejor.

¡Un ángel en forma de agricultor gallego introducido en una ventana pequeña, había indicado el lugar donde el cielo se une con la tierra! Al peregrino, que no perdona el comer y más cuando las circunstancias físicas y climatológicas le son adversas, se le nubló la mente al observar que el local estaba lleno y difícilmente los atenderían con la rapidez que la impaciencia impone. Por ello, pidió encarecidamente tomar un refresco y seguir adelante, pues quería llegar a toda costa a su destino. Su nuevo amigo (aunque todavía no lo sabía), y director comercial, le dijo que si, y le dio largas, pues ya había hablado con el dueño del local que en cinco minutos tendrían una mesa para comer. Todavía nublado por la sinrazón, el peregrino se sentó con sus compañeros en la mesa y su mente se fue abriendo hasta que los sentidos bailaron al son de la música de los ricos alimentos que allí le servían. Esa primera comida de peregrinos a cinco kilómetros del fin de etapa, fue el comienzo del entendimiento entre cuatro personas. Las risas, la experiencia del camino y alguna que otra confesión llevaron a crear el cimiento de una unión de cuatro personalidades distintas de las cuales dos se conocían muy bien, pues eran hermanos y otras dos un poco menos pues eran amigos.

Con la bajada de la temperatura y la buena comida, los últimos kilómetros se convirtieron en metros. La llegada a Redondela después de haber hecho una etapa de 35,3 Km fue pletórica. Al peregrino le llamó la atención el gran puente de hierro por donde pasaba el tren, recordándole y viviendo los buenos momentos de sus últimos viajes a Oporto. “Siempre hay una flor que te recuerda a otra flor” se dijo para si. El peregrino peleándose con su mente, decidió descansar mientras que sus compañeros no dudaron en quitarse la ropa de peregrino y ponerse la de viajero curioso. Al cabo de una hora y tras una larga reflexión informal, siguió los pasos de los miembros de la hermandad que en apenas un día se había formado y raudo y veloz, se unió al grupo para contemplar una bellísima puesta de sol que pintaba la ría de Vigo y fue allí donde encontró de nuevo la fotografía de la paz.

Pueblo de Tui al amanecer
Siguiendo la flecha
El camino
Un gaitero en el camino
Maiz y uvas
Camino y agua
¿Quién le pone puertas al campo?
Buen camino
Botas floridas
El puente
La ría

El camino portugués contando por un peregrino. Preámbulo

¿Qué hace que un hombre del siglo XXI decida recorrer a pie más de 100 kilómetros, para llegar a un objetivo sobre el que duda si cree? El viajero, que a partir de ahora será el peregrino, se aventuró con una amiga y dos desconocidos a iniciar la experiencia de hacer las ultimas etapas del camino portugués, atraído por las experiencias que una buena amiga le trasladó. Ni la planificación ni la intendencia fue fruto del trabajo del peregrino, pues acostumbrado a la improvisación y criado en el libre albedrío, la puntualidad del orden no encajaba con su personalidad. Aunque eso si, las pautas del viaje las tenía claras, salir en avión desde Sevilla a Vigo y allí coger un coche hasta Tui, volviendo en avión desde Santiago a Sevilla. Por un bendito error de transmisión oral, el vuelo los llevó a La Coruña, por lo que el peregrino junto a sus compañeros pudieron disfrutar de un maravilloso paisaje gallego visto desde un tren.

La primera casualidad agradable ocurrió en Vigo, que es donde terminaba el primer trayecto en tren. El peregrino perdona muchas cosas menos la comida, por eso, nada más llegar propuso con la insistencia de la persuasión, encontrar un lugar donde satisfacer el ansia de probar los productos del mar y la tierra de esa bendita región española. El peregrino no quería andar y sin consultarlo tomó la decisión de coger un taxi. Le dijo al conductor que pretendían ir a la estación de autobuses pero que antes les apetecía picar algo, éste los dejó en un bar donde por un menú discreto tocarían el cielo dándoles un trago a la cerveza autóctona y un bocado a ese magnífico pan que esculpen en Galicia. Las zamburiñas, la empanada y el pescado fueron otros cantos celestiales que los acompañaron durante el trayecto de más de veinte minutos a la estación de autobuses, pues el bar estaba a esa distancia. El viaje de Vigo a Tui en autobús lo llevó a retroceder en el tiempo unos cuarenta años, pues durante el trayecto de unos treinta minutos recordó esa época de su vida.

El pueblo de Tui le gustó, cuando hace años en una visita breve, cuyo principal y único objetivo era visitar la catedral atraído por el libro “La rosa de piedra” de Julio Llamazares, lo visitó. En aquella ocasión, como era un viajero, lo sintió de diferente manera. Ahora era un peregrino y la simbología que se encuentra tallada en el maravilloso pórtico de la catedral, le generó una nueva admiración por los autores anónimos de las obras de arte. ¡Hasta la representación de la Virgen pariendo y la de Herodes rascándose debido a la sarna, adquirieron un significado diferente a la primera vez que los observó! La razón es bien simple, la primera vez era un viajero que lo vio y la segunda era un peregrino que lo contempló.

Cómo la catedral cerraba a las ocho y al peregrino se le había olvidado en el hotel la mascarilla obligatoria para visitar un lugar cerrado, perdió más de diez minutos pidiendo una mascarilla a todo el que se encontraba por la calle. Un peregrino rebuscó hasta lo más profundo de su mochila para no encontrar nada, al final, en una heladería una empleada se compadeció del peregrino y le dijo que si no le importaba llevar una mascarilla rosa, agradecido y emocionado la cogió rápidamente, dando las gracias repetidamente y se fue corriendo a la catedral. No llegó, acababan de cerrar y por lo tanto por mucha persuasión e insistencia que utilizó, no le dejaron ver al San Francisco Javier con el puro que tanto interés le había despertado al leer el libro de Julio Llamazares. Lo que nunca dejó atrás fue la mascarilla rosa que lo acompañó durante todo el camino.

El paseo por el río fue de las cosas más placenteras que recuerda y allí se dio cuenta que su viaje sería encontrar la paz interior, por eso se propuso desde ese mismo momento compartir una fotografía en su cuenta de Instagram (@ebriones3) que mostrara la paz de los lugares donde llegaría. Su primera paz fotográfica la halló en la orilla del río Miño.

La ilusión de comenzar un camino
La paz del Río Miño
La paz del río viendo Portugal
El peregrino columpiándose con la mascarilla rosa
El columpio de la economista
La siesta del gato
Buscando el inicio del camino
Figuras en el pórtico de la Catedral de Tui
Viaje en autobús

Solidaridad y profesionalidad

Todavía impactado con lo que vi la noche de Reyes Magos en el incendio de una residencia de ancianos y repasando las fotos que deprisa y corriendo edité y mandé a mi agencia @europapress, para informar de lo sucedido, me quedo con las sensaciones que sin un buen pie de fotos es difícil de ver en unas fotografías, por ejemplo,  las  caras de resignación y paciencia de los ancianos aguardando a ser trasladados, sin emitir gritos de dolor ni desesperación.
De todo lo vivido la noche de Reyes Magos, me quedo y comparto no el dolor de las víctimas, sino la solidaridad de los vecinos sacando de sus casas mantas, mascarillas y cualquier utensilio necesario para socorrer a las víctimas. No se me olvidará nunca la buena disposición, elegancia, solidaridad y sobre todo profesionalidad de los servicios públicos de Sevilla, e incluyo a los taxistas que también estuvieron allí para transportar rápidamente a los más necesitados. Por último ,me quedo con la satisfacción de observar  como en mi ciudad tenemos un Alcalde que está donde debe de estar, al lado de sus vecinos más necesitados.   
P.D.: Esto lo publico para decirle a los pocos que nos llaman insensibles y cosas mucho más indecentes que  cuando estamos trabajando cubriendo un desgraciado suceso, no se les  olvide que somos  humanos pero también profesionales que después de lo vivido lo sufrimos.

¡Feliz tarde de toros!

No es lo mismo mirar que fotografiar. No es lo mismo fotografiar que plasmar. No es lo mismo ir a los toros que ir a ver una corrida. No es lo mismo trabajar que disfrutar. No es lo mismo disfrutar por placer que trabajar por placer. No es lo mismo ser un privilegiado que sentirte un privilegiado . No es lo mismo comer la cabeza a qué te la comas. !Feliz tarde de toros!

Maratón de Sevilla

Una vez le pregunté a un médico si correr un maratón era bueno y su respuesta fue: “El primer griego que corrió un maratón murió”, por eso, a lo que aspiro cada año cuando se acerca la fecha del maratón de Sevilla es a ver y fotografiar a los corredores que para satisfacer la mente machacan su cuerpo. Lo contrario que hago cuando llega la ‘Carrera Nocturna del Guadalquivir’ , en la cual, participo, pues para mi es una tradición y una fiesta, eso sí, cada año que pasa se afianza la crueldad de la edad.

Esta mañana, después de muchos años no he ido a ver el maratón por las calles de Sevilla, pero el ruido de las bocinas y de la gente ha hecho que salga al balcón de mi casa y cámara en mano, fotografiara a lo lejos a los corredores. La primera foto ha sido una sorpresa, me gustaba el encuadre pero nunca pensé que había un corredor evacuando el líquido que le sobraba a su cuerpo, y más censurando sus partes íntimas y su rostro con una reja. En la segunda fotografía, demuestro como el placer de muchos es el disgusto de pocos, pues para llegar a la estación de Santa Justa sólo se podía ir en el coche de San Fernando, o sea, un ratio a pie y otro andando, sino, que se lo pregunten a mi amigo Francisco. La tercera fotografía la pongo porque me gusta.

 

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