El camino portugués contado por un peregrino. Tui-Redondela

¿Cómo puede convertirse la mente de un adulto en la de un niño?. El peregrino apenas pudo pegar ojo la noche antes del primer día de camino. Durmió con un extraño que en un futuro seria un ser entrañable. La hora de salida era las 7, pues la planificación de una economista así lo estableció. La razón le ganó la batalla a la lógica y comenzaron a andar a las 7:45, no sin antes experimentar la sensación de contemplar, con algo de miedo, como un murciélago sobrevolaba las cabezas de todos los que allí se encontraban, en la única cafetería que vieron abierta antes de la partida.

¿Una señal o una casualidad?. Este verano al peregrino lo habían asustado diciéndole que en la casa donde dormía había murciélagos. “¿Será que los recuerdos que he dejado atrás me acompañarán a lo largo del camino?”, se preguntó. El peregrino no creía formalmente en la superstición pero analizaba las casualidades como si fueran señales del más allá y efectivamente los recuerdos de las personas que quería estuvieron presentes durante todo el trayecto y sobre todo cuando experimentaba sensaciones de placidez, que por cierto, eran muy habituales.

De nuevo ante la catedral, sin encontrar detalles que le atrasaran su viaje que iría más allá de los sentidos, sincronizó los pasos con su amiga la entusiasta economista, su futura nueva amiga que exhalaba tranquilidad, la doctora y su compañero de duermevelas y entrañable nuevo amigo, el director comercial que tenía un cuerpo de hombre y un alma de niño.

Cada paso por las calles de Tui era cómo una despedida que dispensaba las piedras de la calzada. Las calzadas que dejaban les decían adiós y las que se encontraban les daban la bienvenida. La sonrisa ilusionada era lo que dibujaba las caras de los cuatro peregrinos que se dispersaron en sus pensamientos y su caminar. La sensación de soledad acompañada, se destapaba al ver a personas con la misma intención que el peregrino. Algunos caminaban en grupos grandes, que se iban dispersando a lo largo de los kilómetros para reagruparse al final de la etapa y otros en pareja donde el principio y el final era acompasado. Al peregrino le sorprendieron varias cosas en la primera etapa. Vio a una pareja en la que un hombre llevaba una mochila con un bebe. El pequeño, de año y medio, iba señalando todo y el padre con una carga considerable y una paciencia infinita, le explicaba como había pájaros y animales a su alrededor. La madre, también con una mochila, sonreía y de vez en cuando participaba en la conversación. El peregrino, les dio los buenos días y le dijo a la pareja: “¡Qué mérito!”. A lo que le respondieron al unísono con una sonrisa, deseándoles buen camino y diciéndole que el niño también caminaría. Lo curioso es que el peregrino no volvió a ver a la pareja, por lo tanto, la tendrá idealizada para siempre en el tiempo.

Al ver una pareja con un perro pequeño, el peregrino, les preguntó que si el animal también había decido hacer el camino, a lo que la mujer joven contestó con una sonrisa: “¡Por supuesto, ellos y el perro (bueno no dijo perro, le llamó por su nombre, pero al peregrino no se le quedan a la primera los nombres de las personas y de los animales menos) iban a todos lados juntos!”. “¿Y dormís con el animal?”, preguntó curiosamente el peregrino. “Pues si, vamos a albergues donde admiten animales, eso sí, pagando un poco más”. Deseándoles buen camino, les adelantó con paso firme, cuando de pronto una pregunta de su nueva amiga la doctora, le escrutó con esa firmeza de la curiosidad y a la vez esa ternura de la timidez encubierta: “Pero, ¿Tu le preguntas a todo el mundo?”, a lo que el peregrino sin ningún tipo de reparo contestó que si, pues era un gran alcahuete. Entre caminatas acompañado de su amiga la economista, las pocas conversaciones con su nuevo compañero director comercial y casi la paupérrima caminata con su nueva amiga la doctora, transcurría el camino, donde los últimos kilómetros se hacían insoportables por el calor, el asfalto y los pocos paisajes idílicos que lo acompañaron durante el tramo final de la etapa. Pero como la suerte del peregrino siempre está cuando más la necesita, ese estado de agobio se convirtió en estado de gracia cuando ya cansado y sediento vio la señal de un bar, esperó a las dos compañeras para proponerles tomar algo, entonces, a través de una ventana, un señor que estaba observando les dijo muy serio que siguieran adelante pues había muy cerca otro bar mejor.

¡Un ángel en forma de agricultor gallego introducido en una ventana pequeña, había indicado el lugar donde el cielo se une con la tierra! Al peregrino, que no perdona el comer y más cuando las circunstancias físicas y climatológicas le son adversas, se le nubló la mente al observar que el local estaba lleno y difícilmente los atenderían con la rapidez que la impaciencia impone. Por ello, pidió encarecidamente tomar un refresco y seguir adelante, pues quería llegar a toda costa a su destino. Su nuevo amigo (aunque todavía no lo sabía), y director comercial, le dijo que si, y le dio largas, pues ya había hablado con el dueño del local que en cinco minutos tendrían una mesa para comer. Todavía nublado por la sinrazón, el peregrino se sentó con sus compañeros en la mesa y su mente se fue abriendo hasta que los sentidos bailaron al son de la música de los ricos alimentos que allí le servían. Esa primera comida de peregrinos a cinco kilómetros del fin de etapa, fue el comienzo del entendimiento entre cuatro personas. Las risas, la experiencia del camino y alguna que otra confesión llevaron a crear el cimiento de una unión de cuatro personalidades distintas de las cuales dos se conocían muy bien, pues eran hermanos y otras dos un poco menos pues eran amigos.

Con la bajada de la temperatura y la buena comida, los últimos kilómetros se convirtieron en metros. La llegada a Redondela después de haber hecho una etapa de 35,3 Km fue pletórica. Al peregrino le llamó la atención el gran puente de hierro por donde pasaba el tren, recordándole y viviendo los buenos momentos de sus últimos viajes a Oporto. “Siempre hay una flor que te recuerda a otra flor” se dijo para si. El peregrino peleándose con su mente, decidió descansar mientras que sus compañeros no dudaron en quitarse la ropa de peregrino y ponerse la de viajero curioso. Al cabo de una hora y tras una larga reflexión informal, siguió los pasos de los miembros de la hermandad que en apenas un día se había formado y raudo y veloz, se unió al grupo para contemplar una bellísima puesta de sol que pintaba la ría de Vigo y fue allí donde encontró de nuevo la fotografía de la paz.

Pueblo de Tui al amanecer
Siguiendo la flecha
El camino
Un gaitero en el camino
Maiz y uvas
Camino y agua
¿Quién le pone puertas al campo?
Buen camino
Botas floridas
El puente
La ría

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