El camino portugues contado por un peregrino. Redondela-Pontevedra

¿En qué circunstancias confiesas a alguien los oscuros pasados sin apenas conocerlo? El saber que la segunda etapa del camino era más corta, hizo que el grupo decidiera no madrugar. La primera imagen que se llevó el peregrino nada más salir del hotel fue ver a un hombre mayor con muy buen aspecto, llevando una pequeña mochila al hombro y sobre su cabeza un sombrero de ojo de perdiz. Hablaba con tres hombres jóvenes, con aspecto de peregrinos habituales, que todo indicaba que eran sus hijos. De repente, el elegante peregrino, se paró, se toco los bolsillos y siempre sonriendo, le dijo a su grupo: “¡Se me ha olvidado!”, por lo que todos sin rechistar y con una sonrisa cómplice, se volvieron por las calles ya andadas. “Cuando los vea en el final de la etapa, les preguntaré”, se dijo para sí el peregrino, pero eso no sucedió, pues ya nunca más coincidieron con ese hombre entusiasmado con un sombrero de ojo de perdiz que tan felizmente estaba haciendo el camino muy bien acompañado. Lo que el peregrino deseó en ese momento es que cuando fuera mucho más mayor, sus tres hijos lo llevaran a hacer el Camino de Santiago.

El peregrino tenía muchas expectativas puestas en esa etapa, pues según le habían contado, tendría vistas fabulosas de la Ría y además pasaría por un pueblo que lo tiene grabado a fuego en su memoria gastronómica, pues allí , siendo viajero, comió en un bar de pescadores el arroz con bogavante más impresionante de su vida, además de unas fabulosas ostras.

En esta ocasión, la imaginación no coincidió con la realidad, aunque la realidad cubrió todas las expectativas, pues vio la Ría a los lejos pero no pasó por ella, conoció la paz que trasmitía Arcades, aunque no saboreó sus ricas ostras, ni siquiera se paró allí a cumplir con una tradición que desde el primer camino que hizo se convirtió en leyenda; comerse un bocadillo de lomo adobado. Ese fue uno de los errores de la etapa, pues la suerte no quiso concederle dicho privilegio en un bar que se encontraba junto a un puente romano, con unas vistas que invitaban a la reflexión y a la tranquilidad. El peregrino pensó que habría otro bar mucho mejor a poca distancia y en eso erró, la suerte es arbitraria a veces.

Salió de Arcades y entre bosques de pequeñas subidas y bajadas donde el tiempo se detiene, anduvo casi en todo momento charlando e intercambiando experiencias personales con su nuevo amigo el director comercial. Hasta los 10 km no encontró ningún lugar donde reponer fuerzas, por fin, vio una señal que indicaba que había un supermercado-bar. No eran las expectativas creadas, pues se lo encontró lleno de caminantes hambrientos que devoraban bocadillos anodinos. El peregrino y el director comercial, se pararon y llamaron a sus compañeras que se habían retrasado para indicarles la dirección donde las esperarían. En la mesa contigua estaban dos parejas jóvenes que ya no las dejaron de ver hasta Santiago. El mote que el peregrino le puso a una de ellas era “ la comecabeza”, pues era una especie de cotorra que con una voz aguda no paraba de hablar de cosas absurdas.

Durante los últimos kilómetros de la etapa, el grupo no se separó y a través de una especie de bosque encantado llegaron a su destino; Pontevedra, donde a la hora de comer vivieron una de sus peores experiencias.

Decidieron comer debajo del hotel, no era el lugar ideal, pues era feo y además un camarero gallego que parecía kosovar no cumplía con los principios básicos del oficio, o sea; ser eficaz en las recomendaciones, ágil en el pedido y amable en las respuestas. Lo sorprendente de todo fue que la cerveza la trajo fría, (algo difícil de encontrar por esos lares) y el pescado del menú estaba riquísimo. La nota discordante la pusieron las dos mesas de al lado que estaban compuestas por tres parejas de matrimonios cuya mala educación se intuía nada más verlos. Durante los postres una de las señoras puso a todo volumen música de pasodoble, mientras sus maridos pegando voces hablaban de temas ruborizantes. ¡Un horror que hacía que la tensión del peregrino y sus acompañantes subiera a pasos agigantados!. El colofón a la mala educación llegó cuando el camarero les dijo que quitaran “el chimpún” y como bestias salidas de un encierro comenzaron a escupir improperios contra el asombrado camarero. El peregrino que es impulsivo y no soporta la mala educación, tenía dos opciones, meterse en la pelea e igualarse en insultos con esos impresentables o marcharse con el grupo. Gracias a Dios, tomó la segunda opción y ello fue al ver la cara de su nueva amiga la doctora, que con mucha tensión en el rostro pero con ojos calmados, le transmitió que lo mejor era irse.

A ese grupo los llamó “los impresentables”. El peregrino los vio todos los días, pero con la satisfacción de mirarlos a los ojos cuando se cruzaban y no darles ni los buenos días, ni las buenas tardes, ni las buenas noches, cosa difícil de hacer en un lugar donde el espíritu de la de paz se siente y disfruta.

El peregrino asistió a su primera y última misa en Pontevedra. Cómo estaba siendo habitual, se quedo sólo en la habitación a descansar. Sobre las siete de la tarde, salió a dar un paseo para encontrarse en medio de un precioso casco histórico, la iglesia del Peregrino, con una fachada sorprendente pues su autor se inspiró en una concha peregrina. Como la misa era a las 19:30, decidió quedarse. De buenas a primeras la iglesia pequeña y ovalada con una impresionante lámpara de cristal en el centro de la cúpula, se fue llenando de pocos fieles lugareños y muchos peregrinos, entre ellos un grupo de chavales que ya los había visto en distintos lugares de la etapa. Como la curiosidad del peregrino es inagotable, le preguntó al chaval del banco de al lado que si eran de un colegio, el joven le dijo que no, que eran de Córdoba y estaban acompañando al cura y al monaguillo que se encontraban en el altar en esos momentos ayudando en la misa. Entonces el peregrino se fijó en que el monaguillo llevaba una chanclas y eso le hizo gracia, pero no tanta como cuando en la eucaristía los chavales entre la solemnidad del acto se miraban y sonreían cada vez que una mujer de unos 45 años, apretada en un vestido a punto de explotar, se inclinaba ante el santísimo luciendo sus opulentas pantorrillas.

La paz fotografiada la encontró a las márgenes del río, después de haber comprado un décimo de lotería, de haberlo perdido y haberlo encontrado.

El camino por Arcades
Un puente en Arcades
La paz en Arcades
Hórreo
Gaiteiro
La paz del bosque
Iglesia del Peregrino
Monaguillo en chanclas
La paz en Pontevedra
El descanso del peregrino

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