La playa en invierno

La playa y el verano están intrínsecamente relacionados. Pero la playa y el invierno también guardan una interesante simbiosis, una prueba de ello son las fotografías que hice este invierno a un mar embravecido y a unas arenas llevadas velozmente por el viento. Si agradable fue desayunar contemplando entre cristales la vista esplendorosa que el mar ofrecía, pasear, con un fuerte viento por una playa solitaria de Barbate, escuchando el sonido de las olas, fue lo más placentero que un ser humano libre puede experimentar. La fotografía nunca sustituirá a las sensaciones, pero a veces se acerca a las emociones.

 

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Desde una silla de playa

Ayer un bichito misterioso e invisible le dio a Berta un picotazo en un dedo del pie mientras dábamos un paseo por la orilla de la playa, eso hizo que el paseo durara muy poco pues además del dolor intenso, el dedo se le puso como cuando Falete se come tres platos de fabada en No-Kitchen. (Esto no es publicidad encubierta sino cubierta).

El bichito misterioso e invisible, hizo posible que durante una hora estuviera sentado en una silla de playa y desde ese lugar, que tan poco me gusta, hiciera fotografías con un objetivo potente. El resultado es el que muestro, aunque por la ley de protección del menor he borrado las caras a los niños que aparecen en ellas.

La calma

Después de la tormenta siempre llega la calma y ayer fue un día de calma. Los que me conocen y me siguen saben que lo qué más me calma es pasear por la playa al atardecer. Después del fin de semana desesperante por culpa de un concierto colocado en un lugar inapropiado conseguí cumplir con uno de los propósitos de las vacaciones; relajarme.

Durante esta semana de vacaciones sólo pretendo encontrar el equilibrio de espíritu que me de la tranquilidad necesaria para afrontar los nuevos retos que comenzarán muy pronto. Ayer al atardecer, paseando por la playa, comencé a sentir y a fotografiar el propósito de esta semana de vacaciones.